sábado, 15 de diciembre de 2012

: El final de este capítulo :


El tren vomita a sus víctimas al frío y destrozado aire de la estación, huérfano de la lluvia y las sucias nubes que nunca dejan ver las estrellas. Salir por la invisible puerta hacia el tan conocido mundo tan olvidadizo siempre.
La oscuridad de la noche abraza con su gélidos cariño. Vaho se escapa de la boca, dibujando un reno en el aire que al poco muere. Encogerse de hombros, cubriéndolos con aquel pañuelo manchado de sangre que permanentemente rodea el cuello. Las heridas son imposibles de limpiar.
Caminar por las rotas, desgarradas aceras, manchadas de agua y petróleo. Mirar al suelo, viendo la hierba morir y convertirse en mugre. Caminar en dirección contraria.
Hombres de traje avanzan en grupo con caras vacías, riendo, abriendo sus bocas bajo la piel, mirando al cielo. Las estrellas se esconden tras la suciedad del aire, y nunca devuelven la mirada. Pasar entre ellos, sin recibir una sola mirada. Ser pequeño.
Mujeres medio desnudas entre los huecos de las aceras. Miran al horizonte, sin una sola expresión. No hay sonrisas, no hay lágrimas. No hay nada para ofrecer más que un trozo de carne que en antaño fue una niña, ahora muerta. Miran sus relojes sin dejar salir un ápice de vaho. Mirarlas, y que te devuelvan la mirada con ojos huecos. Sin ira. Sin dolor. Resignación, aceptación. Mirar a otro lado.
Acabar la acera y poder ver la nada en un todo expandirse a dos centímetros. Luces. Ruidos. Humo. Árboles pidiéndole clemencia a una contaminación amoral. Hierba estática, desobedeciendo al viento. Ni una sola alma pisando las mugrosas piedras.
Una canción reproduciéndose en el cerebro.
Andar, escuchando. Romper a llorar en medio en la carretera, sin motivo aparente. Llevarse las manos a los ojos y mancharlos de sangre y horchata, deslizándose por las muñecas abriendo más heridas. Quemando la ropa. Quemándose los oídos al rememorar lo ya enterrado.

Dime que los tiempos pasados no morirán.
Dime que las viejas mentiras están vivas.

Mirar la mano que hasta hace unos momentos había recuperado color. Calor. Ahora fría. Blanca. Temblando, cubierta de horchata.

Te digo que los viejos tiempos no morirán.
Te digo que las viejas mentiras viven.
El amor debió caducar hace demasiado tiempo.
Me mata, y te matará a ti también.

Quemarse las mejillas con recuerdos olvidados. Llegar, sin saber cómo, a la acera. Las luces atacan. El viento sopla. Los edificios acechan, aterradores. Seguir andando por calles cada vez más amplias y más vacías.

Los tiempos pasados no morirán.
Te digo que las viejas mentiras viven.
El odio debió caducar hace demasiado tiempo.
Mátame, por favor, matáme antes de que...

La noche muere por la luz de las farolas, y las calles se llenan de voces. Limpiarse las lágrimas quemando la manga de la chaqueta. Mirar al frente. A colores muertos, a rostros sin vida que sonríen bajo la pesada máscara de la apariencia. A edificios altos por mera inseguridad. A velocidades inhumanas que creen ser sinónimo de mejora.

Sacar la máscara de la mochila y ponérsela antes de llegar al portal. Sonreír por fuera.

Te digo que los tiempos pasados no morirán...
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miércoles, 10 de octubre de 2012

Cartas, sólo cartas



«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
juró estar viva a vuestro lado un día.
»Cuando lleve esta carta a vuestro oído
el eco de mi amor y mis dolores,
el cuerpo en que mi espíritu ha vivido
ya durmiendo estará bajo las flores.
»Por no dar fin a la ventura mía,
la escribo larga... casi interminable...
¡Mi agonía es la bárbara agonía
del que quiere evitar lo inevitable!
»Hundiéndose al morir sobre mi frente
el palacio ideal de mi quimera,
de todo mi pasado, solamente
esta pena que os doy borrar quisiera.
»Me rebelo a morir, pero es preciso...
¡El triste vive y el dichoso muere!...
¡Cuando quise morir, Dios no lo quiso;
hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!
»¡Os amo, sí! Dejadme que habladora
me repita esta voz tan repetida;
que las cosas más íntimas ahora
se escapan de mis labios con mi vida.
»Hasta furiosa, a mí que ya no existo,
la idea de los celos me importuna;
¡juradme que esos ojos que me han visto
nunca el rostro verán de otra ninguna!
»Y si aquella mujer de aquella historia
vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,
aunque os ame, gemid en mi memoria;
¡yo os hubiera también amado tanto!...
»Mas tal vez allá arriba nos veremos,
después de esta existencia pasajera,
cuando los dos, como en el tren, lleguemos
de vuestra vida a la estación postrera.
»¡Ya me siento morir!... El cielo os guarde.
Cuidad, siempre que nazca o muera el día,
de mirar al lucero de la tarde,
esa estrella que siempre ha sido mía.
»Pues yo desde ella os estaré mirando;
y como el bien con la virtud se labra,
para verme mejor, yo haré, rezando,
que Dios de par en par el cielo os abra.
»¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante
que os cita, cuando os deja, para el cielo!
¡Si es verdad que me amasteis un instante,
llorad, porque eso sirve de consuelo!...
»¡Oh Padre de las almas pecadoras!
¡Conceded el perdón al alma mía!
¡Amé mucho, Señor, y muchas horas;
mas sufrí por más tiempo todavía!
»¡Adiós, adiós! Como hablo delirando,
no sé decir lo que deciros quiero.
Yo sólo sé de mí que estoy llorando,
que sufro, que os amaba y que me muero.»



~Ramón de Campoamor, "El tren expreso"

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Ojalá yo pudiera de verdad despedirme con una bonita carta en vez de seguir mirando inconscientemente al pasado.


sábado, 6 de octubre de 2012

Diario de una opción B (I)


Y no sé cómo demonios quieres que reaccione, o piensas que voy a reaccionar, si no tengo alcohol para las heridas y mi sangre se vuelve hielo poco a poco, atascando mis venas, rotas por la infame mugre que las devora desde dentro, nacida en mi corazón, impregnada por ese rencor sin objetivo que nunca podrá escapar del cuerpo en el que se cría. Si las sombras crecen en mis entrañas intentando hacerlas explotar. Si mordisquean mis órganos, intentando sorber su sangre. Sin dejar gota. Llenándolo de horchata púrpura y retazos de un suicidio sentimental.

En el centro de un arco capaz, la cúpula de la razón me impide la salida. No puedo acercarme a la mediatriz, no quiero morir.
Me dedicas a mí las mismas palabras que en su día fueron de otra. Sientes por mí lo mismo que un día dibujó una sonrisa en tu cara por otra. Harías lo que fuera, y lo sé. La cúpula sigue encerrándome, insensible, ignorando mis gritos.
Pero la preferiste a ella.
No te culpo. No soy la mejor muñeca de la tienda. Mi porcelana se rompe impregnando las paredes de agua escarchada, y la silicona de mis ojos se derrite manchando el parqué. Mis vestidos son de restos de tela vaquera, ennegrecida por el humo. Y mis zapatitos se rompen, soltándome las piernas.
Pero yo era una muñeca a la que podías ver y tocar; abrazar por las noches de luna nueva mientras los niños sedientos gritan por las calles de Madrid, buscando amigos a los que llevarse a la tumba. Un amuleto de protección. De amor, quizá, si el algodón dejaba el frío el lado y quemaba los hilos.
¿Por qué dedicaste tu tiempo a mirar un escaparate vacío con el anuncio de una muñeca vieja?
Y me lo recordabas. Ibas a verme al gris edificio que me guardaba junto a mis compañeros de peluche, me sonreías y acariciabas mi plástico pelo rizado, me mostrabas amor como un niño se lo muestra a su primer juguete... y luego me hablabas de esa muñeca “perfecta”.
¿Y ahora? Te contentas conmigo.
Y no puedo evitar pensar que es porque no te queda otro remedio.
Me mostraste amor, y te culpaste por ello. Rompiste la porcelana de mi piel, arrancando el algodón de mis entrañas, y te culpaste por ello. Sin embargo, las palabras cesaron, y ella vino.
Y cuando fue ella la que te convirtió en muñeco, te tiró a la basura junto a las ratas.
Viniste a mí, al almacén ocupado por ratas y cucarachas, gateando y entre lloros escondidos por una seguridad antinatural.
¿Qué demonios te pensabas?
¿Creías que no era más que un objeto de segunda? ¿Que iba a tragarme toda tu poesía a la primera?
¿Creías que no estaba tan rota a fin de cuentas?
Cualquier otra muñeca habría tirado por tierra a un soldadito de plomo con la lanza ensangrentada.
Y a veces, me pregunto por qué yo no lo hice. Mereció la pena, pero ¿a qué precio?
Me siento una segunda opción. Me siento la B.
Siento que si ella no te hubiera tirado al vacío, no sería nada para ti.
Y seguramente así fuera, porque eres incapaz de abandonar un juguete, aunque ya no te divierta. Aunque ese juguete quisiera cambiar de dueño y no pudiera decirlo. Aunque ni siquiera fuera un juguete, sino una piedra del suelo que tratas como a una pelota.
Sentimentalmente culpable, miedica e incapaz de actuar, un pésimo coleccionista de ilusiones incapaz de distinguirlas de sueños.
Otro temor más a la lista, y otro resentimiento.
Por ti una muñeca dejó de lado su fábrica, y su primera niña. Dejó de lado sus obsesiones y algunos temores. Se despidió de Septiembre y lo echó del portal siempre que intentó volver. Se despidió de las cosas más bellas que Dios mismo creó en su momento, aquellas angelicales figuras, por ir con algo distinto.
Y tú, tú preferiste la distancia a casa. Preferiste amar sin sentir. Un juguete de maquillaje corrido y sonrisa falsa a una inocencia de rota porcelana.
Preferiste un mundo lejos de mí.
Y el pasado vuelve, y volverá siempre. Hoy soy yo, mañana ¿quién? ¿Con qué romperás mi porcelana de nuevo? ¿Qué hilos tendré que usar para volver a coserme mis tripas?
¿Hasta qué punto puedo confiar en tu corazón?



Dejó la pluma en el escritorio, pensando. Limpiándose las lágrimas con la manga de la chaqueta, la muñeca siguió escribiendo.

Pero te quiero, mal me pese. Y no te cambiaría por nada.

domingo, 30 de septiembre de 2012

:. Adiós, Septiembre .:

El último aliento de Septiembre se pierde en la niebla malva del mañana. Y no volverá.
Un gato sonríe mientras pasan los años.
La ciudad gris se derrumba ante el frío del otoño mientras las hojas se niegan a caer todavía. Los vientos desentierran el olor del café en la brisa de la noche. El gato maúlla, esperando a los lentos días que se fueron. La marioneta cae de los cielos, rompiendo sus costuras al tajo de la rota madera astillada. El negro hilo de su boca, moribundo, huye hacia el azul pantano, aún sin pudrirse. Sus blancas lágrimas de horchata ruedan por sus mejillas, pudriendo la madera.
El gato levanta las orejas, alerta, olisqueando el olor a leche y trufa, pero vuelve a tumbarse en las nubes. Septiembre grita desvalido y confuso, preguntando por su pasado nunca vivido y su futuro moribundo. Rogando por una sola mirada, una vuelta de tuerca, un viaje en el tiempo.
Pero el Presente niega, y ese es su regalo.
Niega con palabras cortantes y alientos vacíos.
Niega con ojos oscuros perdidos en el horizonte.
Niega mientras su boca sangra, arrancando sus palabras los hilos uno a uno, desgarrando sus labios para poder salir.
Septiembre, dubitativo, se pierde en el mar de vientos. Polvos de Septiembre colorean la niebla malva del mañana, haciéndola brillar. Para no volver.
El gato mueve las orejas y la cosa al olor de los llantos, sonriendo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

:. Estrela .:

"Estrela que moito brillas
no ceo escuro da noite.
Faro das sombras perdidas
entre os silveiros do monte.
Pequena luz dos meus soños,
que nos miras desde lonxe.
Ovelliña do rabaño
que no meu xardín reloce.
Estrela que tanto brillas,
que nin as nubes te cobren,
alumea este camiño 
por onde hei camiñar hoxe."
                        ~Rosalía de Castro (Rexurdimento)

E non sei qué pensar.
Porque che miro aos ollos e non creo nas súas pupilas.
A túa pupila non é azul, senón negra.
Porque cada vez que miro os teus labios, non podo seguir falando.
Porque canto máis penso, menos existo dentro da miña sombra.
A miña mirada baleira golpea ao chan con bágoas de orchata.
Os teus ollos distraídos seguen o rastro das pegadas.
E simplemente preguntas se acontece algo.
E non sei qué pensar.
Porque canto máis pregunto, máis nomeas aquela muller.
Porque o que eu sinto para ti non é novo.
E penso que as miñas novidades son os teus clásicos, aínda que sei que non é así.
Déixame chorar. Déixame afundirme na escuridade do meu cuarto mentres recordas as agridoces noites con ela.
Déixame chorar. Déixame saber se o amor vén e vai, ou desleita outros amores para esquecer os suspiros pola ventá nos días de chuvia.
Déixame saber se unha noite fogosa de paixón desenfreada de verdade significa tanto e tan pouco.
Só quero un por qué.
Nada máis.
Só quero saber se o tuo amor é o que ti dis que é.

lunes, 17 de septiembre de 2012

: Hate :

Y aunque mi amor
,de momento, eso espero,
pertenezca a un pequeño gato negro
hoy en día,
cuando miro al sol morir a lo lejos
soy incapaz de apartar la vista de tu recuerdo.
Las palabras ya no existen
para nostras.
Tu sonrisa se ha borrado
de mi memoria.
Me siento una extraña más
a tus vacíos ojos de mar.
La casera me echó a patadas
de mi habitación en la ciudad gris.
Todavía soy incapaz 
de descoserme la boca
y de olvidar aquel 31 de Agosto
en el que amaneció Septiembre.
Soy incapaz de entender a día de hoy.

Y no sé por qué, dentro de mí, sigo buscando luces en la oscuridad.

viernes, 7 de septiembre de 2012

: La Ciega :


Volver a las rotas y mugrosas paredes de hormigón
a esperar un maldito milagro.
Las cuencas de los ojos rebosan pus púrpura
y horchata caducada mezclada con café.
Los labios se desgarran con el sucio y oxidado cobre
al intentar abrirse de nuevo para protestar.
Tumbarse en la cama y llorar.
Arrancarse los ojos para apostar.
Apostar cuánto vale un alma en pena.
Mirar sin ver a un gato negro arañar la pared.
Sentir Septiembre escapando por la ventana
con sus acres colores y su estúpido olor a té.
Dar vueltas en la calma por la inquietud de la Muerte.
Por los sueños rotos a corto plazo
y el oscuro futuro que acaba de pasar.
El gato hurga en las gritas con sus zarpas
y abre un boquete en el muro.
Septiembre intenta cerrar la ventana
con la llegada de la cafeína.
El regazo de la ciega es un gran escondite
para el pequeño animal.
Y la ciega, sin querer, sonríe.

"La Voluntad" [Fragmento]





"Santa Ana:
 Hoy me siento triste, deprimido, mansamente desesperado. No encuentro aquí el sosiego que apetecía: mi cerebro está vacío de fe. Me engaño á veces á mí mismo; lo que pretendo creer, es puro sentimentalismo; es la sensación de la liturgia, del canto,del silencio de los claustros, de estas sombras que van y vienen calladamente... Ahora, en estos momentos, apenas si tengo fuerzas para escribir; la abulia paraliza mi voluntad. 
¿Para qué? ¿Para qué hacer nada? Yo creo que la vida es el mal, y que todo lo que hagamos para acrecentar la vida, es fomentar esta perdurable agonía sobre un átomo perdido en lo infinito... 
Lo humano, lo justo sería acabar el dolor acabando la especie. Entonces, si la humanidad se decidiera a renunciar a este estúpido deseo de continuación, viviría siquiera un día plenamente, enormemente; gozaría siquiera un instante con toda la intensidad que nuestro organismo consiente. Y ya, después, el hombre acabaría en dulce senectud y ante sus ojos no se ofrecería el hórrido espectáculo de unas generaciones que entran dolorosamente en la vida —de unas generaciones que él ha creado inútilmente. 
Yo no sé si este ideal llegará á realizarse: exige desde luego un grado supremo de consciencia. Y el hombre no podrá llegar a él hasta que no disocie en absoluto y por modo definitivo las ideas de generación y de placer sensual... Sólo entonces, esto que llamaba Schopenhauer la Voluntad cesará de ser, cesará por lo menos en su estado consciente, que es el hombre. 
Y, ¿quién sabe si lo demás es en realidad? ¿Dónde está después de todo la seguridad de que lo objetivo existe? Berkeley no creía en lo objetivo. El mundo son nuestros sentidos; nuestros sentidos pueden ser una ilusión. Además, ¿cómo es el universo de grande? ¿Cómo saberlo sin término de comparación? Recuerdo haber leído en un libro de Lógica del médico Andrés Piquer, que si el mundo fuera como una naranja y de repente se achicase hasta el tamaño de una cabeza de alfiler, continuaríamos sus habitantes viendo todas las cosas en la misma proporción. Y ésta sí que es una broma lamentable: acaso la inmensidad del universo que los poetas cantan, sea un miserable puñado de lentejas, o cosa parecida, que un monstruo agita un momento en su mano... 
¡Un momento! Porque el tiempo está en relación con nuestra receptividad de sensaciones; un insecto que vive un mes, vive tanto, a su juicio, como nosotros que vivimos cincuenta años. Y estos cincuenta años pudieran ser un segundo para un ser superior ódistinto del hombre... He leído en alguna parte que si fuésemos capaces de observar distintamente diez mil acontecimientos en un segundo en vez de diez, como lo hacemos ahora por término medio, y nuestra vida contuviera el mismo número de impresiones, entonces ésta sería mil veces más corta... Viviríamos menos de un mes; no conoceríamos personalmente nada del cambio de las estaciones; si hubiésemos nacido en el invierno creeríamos en el verano como ahora creemos en los calores de la época carbonífera; los movimientos de los seres organizados serían tan lentos para nuestros sentidos que más bien los inferiríamos que los percibiríamos; el sol se mantendría inmóvil en el cielo; la luna apenas cambiaría... ¿Quién puede afirmar que los cincuenta años de nuestra vida no son un mes tan sólo y que esa época carbonífera será para otros seres distintos de nosotros que no existen, pero que pueden existir, lo que para nosotros el verano?
¡Esta vida es una cosa absurda! ¿Cuál es la causa final de la vida? No lo sabemos:unos hombres vienen después de otros hombres sobre un pedazo de materia que se llama mundo. Luego el mundo se hace inhabitable y los hombres perecen; más tarde los átomos se combinan de otra manera y dan nacimiento a un mundo flamante. 
Y,¿así hasta lo infinito? Parece ser que no; un físico alemán —porque los alemanes son los que saben estas cosas— opina que la materia perderá al fin su energía potencial y quedará inservible para nuevas transmutaciones. ¡Digno remate! ¡Espectáculo sorprendente! La materia gastada de tanta muchedumbre de mundos, permanecerá —¿dónde?— eternamente como un inmenso montón de escombros... Y esta hipótesis —digna de ser axioma— que se llama la entropia del universo, al fin es un consuelo; es la promesa, un poco larga ¡ay!, del reposo de todo, de la muerte de todo.
En días como éste, yo siento ansia de esta inercia. Mi pensamiento parece abismado en alguna cueva tenebrosa. Me levanto, doy un par de vueltas por la habitación, como un autómata; me siento luego; cojo un libro; leo cuatro líneas; lo dejo; tomo la pluma; pienso estúpidamente ante las cuartillas; escribo seis u ocho frases; me canso; dejo la pluma; torno á mis reflexiones... Siento pesadez en el cráneo; las asociaciones de las ideas son lentas, torpes, opacas; apenas puedo coordinar una frase pintoresca... Y hay momentos en que quiero rebelarme, en que quiero salir de este estupor, en que cojo la pluma e intento hacer una página enérgica, algo fuerte,algo que viva... ¡Y no puedo, no puedo! Dejo la pluma; no tengo fuerzas. ¡Y me dan ganas de llorar, de no ser nada, de no ser nada, de disgregarme en la materia, de ser el agua que corre, el viento que pasa, el humo que se pierde en el azul!"

~José Martínez Ruiz "Azorín, La Voluntad, 1904

: Restos : [Escritos de la Sombra 2]

Sellos de sangre tapan las ventanas por las que nunca entra el sol.
Sucia luz de polen y alcohol, cállate y deja paso a la noche. 
La luna arranca los sellos y estallan los cristales de carboncillo y papel.
 Blanca oscuridad de tormentos y horchata, no me abandones al día. 
Restos de vidrio muertos caen al balcón, buscando nueva vida.
Mudos gritos de frágil palabrería, no traigáis el valor de vuelta.
 Las vivas calles llenas de cadáveres continúan sus pasos diarios.
Estridente silencio de la ciudad, arráncame el corazón por mis oídos.

: Coup d’œil : [Escritos de la Sombra]

Un coup d’œil à l'avenir, par la fenêtre
plein du sang et de la crasse,
plein de la bile et des larmes
sans une goutte d'orgeat.
Doutes, questions et un peut-être.
Points d'interrogation qui proclament en gerbant pauses.
Points d'exclamation qui demandent des immédiates réponses.
Un coup d’œil à le passé, par la porte
plein des souffrances et de la pression,
plein des battements et des rugissements
sans une seul remords.
Confusion, essoufflements et un pourquoi.
Mains qui pressent impatientes la force qu'elles demandent.
Amour qui avec haine demande pourquoi il n'y a pas eu un hier.
Un coup d’œil à le présent, par les yeux
plein des larmes et du verre,
plein des rencontrés sentiments
par un suicidaire cœur.
Voix brisé, grincement, qui demande un passé meilleur.
Qui demande un avant et un hier.
Qui demande un antérieur rencontre,
des bises antiques,
un janvier plutôt qu'un avril, peut-être.

jueves, 30 de agosto de 2012



Insanity laughs, under pressure we're cracking.
Can't we give ourselves one more chance?
Why can't we give love that one more chance?
Why can't we give love, give love, give love, 
give love, give love, give love, give love, give love...

'Cause love's such an old fashioned word
and love dares you to care
for the people on the edge of the night
and love dares you to change our way
of caring about ourselves...

-Under Pressure. Queen ft. David Bowie


Retazos de visiones perdidas


Pasa templada la noche escupiendo anís por la ventana.
Las miradas se pegan a las paredes de la celda,
pudriendo sus ladrillos, llenando sus grietas de pus.
La apuñalada puerta blindada sólo sangra miedos.
La pequeña ciega no puede escapar de su prisión.
Sentada en la cama, abrazando sus quejumbrosas rodillas,
miraba sin ojos a ninguna parte, balanceándose.
Las sábanas rehuían a la muchacha, temerosas de
su presencia, rompiéndose en un chasquido.
Los muros se agitaban violentamente de cuando en cuando.
La pequeña ciega mete los dedos en sus ojos, para
acariciar el interior de su cabeza. E intentar pensar.
Pero ¿de qué le servía exactamente?
Todo es pensar. Todo es reflexionar. La fría, despiadada razón.
El calor que inundaba su pecho se estaba volviendo insoportable.
La pequeña ciega toca sus labios, cosidos con espinoso hierro,
sangrantes de un vodka que en antaño fue horchata.
Agarra y tira de los hilos, pequeña. Llévate tu boca a ninguna parte.
La pequeña ciega toca sus brazos, desgarrando su carne con la suave piel.
La luz de la farola se filtra por la borracha ventana, y ella lo nota.
Sus brazos se queman. Se secan. Toca su piel y empiezan a doler.
Las magulladas y frágiles rodillas no responden, suplicando.
Las sábanas se rompen en derredor, sintiéndose derrotadas.
La pequeña ciega, sin querer incorporarse, mete sus manos por sus ojos una vez más.
Y palpa lo que la razón no es capaz de comprender.
Sus endebles garras rotas se arrastran fuera con sus pequeñas presas.
En sus manos, la pequeña ciega puede sentir dos cúmulos negros sangrantes de vodka.
Ambos se derriten ante sus inexistentes ojos, chillando.
Abrumada por sus pegajosos gritos, la pequeña ciega los tira al suelo e intenta tumbarse.
Reptando, alcanzan las rotas sábanas, quemándolas, reduciéndose a colores.
Uno, el color negro con música y cafeína. Muy vivo, más que la propia ciega.
Otro, el color sepia que Septiembre roba del té. Cruel, y lloroso. Medio muerto.
Voces. Sólo puede oír sus voces, coloreadas. Llora la ciega cristales pintados.
Uno, la voz dulce del café, mezclada con los desequilibrados tonos de la música.
Otro, la cargada y grave voz de las hojas secas de finales de verano.
La primera sobreponía a la lenta voz secundaria. O eso le parecía la ciega.
Las notas musicales intentaban abrazarla mientras que el noveno mes insultaba.
Pero la pequeña ciega quería correr. Apretó su espalda contra la esquina de su celda.
Desgarrando su piel, liberando arañas de entre sus huesos huecos.
Septiembre cada vez estaba más cerca, intentando matarla.
Intentando arrancar los hierros de sus labios para coserlos con poliespán.
Intentando rellenar sus ojos con gelatina de té verde.
Intentando alisar su piel, absorbiendo las quemaduras para dejar huecos.
Los años no perdonan, y menos los jóvenes y escasos.
Un final de Agosto más joven intentaba enmendar Septiembre.
Intentando descoser aquellos hierros para poder oír risas libres.
Intentando rellenar sus ojos con cristales azules o rosas.
Intentando acariciar su piel para dejarla en su sitio.
Pero la pequeña ciega no confía.
Ni en el andrajoso y viejo Septiembre, ni en el más joven que está por nacer.
Mira a su escritorio. Mira su pistola, sus pastillas y su mejor amigo en el fondo de una botella.
Sus labios sangran mientras el tiempo le impide moverse.

miércoles, 4 de julio de 2012

De pie, con ojos huecos

Hay días en los que el mero hecho de vivir es un dolor constante. Un asesinato leve, lento, nauseabundo.
Los segundos pasan lentos, pegajosos, arrastrándose por el aire y tirándose por el balcón, llevándose consigo respiraciones, restos de miradas muertas. Un todo y un nada.
El aire repta por las paredes manchándolas de púrpura y pus.
De pie yace un cuerpo, inerte en vida, con la mirada perdida y pesada, las pupilas llenas de horchata. El humo de un cigarrillo lo mantiene de pie. Una botella de vodka, o quizá ginebra, ya rota contra sus piernas, ilumina su cuerpo en forma de gotas transparentes. Brillantes. El alcohol quema al igual que las cenizas del tabaco. 
El agua escapa del grifo de la cocina, chillando. El calor aplaca el fregadero y libera humo blanco, o rojo. Depende. ¿De qué? De la sangre que lleve. O de la horchata que arrastre. Horchata llorada. Podrida. Sabe a moho y huele a matarratas. Tiene complejo de batido de fresa.
El mármol blanco de la pared se siente atacado por una mirada vacía, hueca en su totalidad, que ni siquiera se fija en él. No tiene vida. Nunca la ha tenido. Podría sentir igual que el propio mármol blanco de la pared de la cocina. Nada. O demasiado. Depende, otra vez. 
El cuerpo inerte no se mueve. Gotas de alcohol bajan por sus piernas, enfriándolo con su calor, su cercanía. El humo del cigarrillo lo envuelve junto a su enfermo pensar. Contaminado. De pus y colonia.
¿Qué es lo que ocupa la mente de ese maniquí?
Cuchillos.
Balas.
Alcohol.
Sangre.
Llantos.
Luz de sol y de luna.
La muñeca piensa, y piensa, y no debería pensar. Se siente encarcelada. Tiene los pies soldados al suelo de la cocina con grandes clavos de madera. Mira a la pared con pena y Adiós, sin derramar una sola lágrima.
Su mente está perdida, pensando.
Se pregunta si los otros trozos de carne conseguirían echarla en falta.
Los ve, los mira, los escucha e intenta comprender. Son como esa muñeca, al menos por fuera. Sin embargo, ellos no tienen los bracitos cosidos con hilos de cobre y purpurina, o no están rellenos de lágrimas y algodón. La sonrisa que poseen pueden ponerla y quitarla a voluntad; no está grabada en ellos con rotulador y quemaduras. Su piel es suave y cura las heridas, no una simple tela que al mínimo roce echa pus.
Esos trozos de carne tienen bastante miedo a la Muerte, se hable de quien se hable.
Y el maniquí, muchas veces se pregunta... ¿cómo reaccionarían si yo me fuera?
No es un pensamiento novedoso, pero tampoco antiguo. En más de una ocasión, perdido en la gran ciudad, o en un pequeño trozo de cielo, la mirada hueca del peluche se ha centrado en esa única pregunta, mientras sus ojos vomitaban arañas y alquitrán con sabor a fresa.
Se imagina cómo alguien descubre su despeluchado cuerpo en medio del pasillo, o quizá del baño, o quizá de su cuarto, o del cuarto de otro, escupiendo algodón y lágrimas, manchados con sangre, pus y vodka. Cómo alguien se acerca al cuchillo, la bala, la cuerda, la afilada pluma de apuntes en sucio o la botella tan rota y manchada que nadie sepa de qué era. Y cómo esa persona llora, grita, o se queda calmada y mira con asco al juguete fracasado, para luego, luego, ir a avisar a otros animales, otros pedazos de carne con alma que funciona a pilas. Y cómo, dependiendo de quién sea, llora, grita, se retuerce sobre sí mismo, o sonríe, con una total tranquilidad, y una alegría de telaraña.
Dependiendo del día, cada cual reacciona distinto en esa fantasía.
Lo que siempre tienen en común es cómo, luego, después de un tiempo, todo el mundo se habría olvidado de ese trapo de alquitrán y horchata llorada. Los pájaros cantan, el sol brilla, la sangre sigue fluyendo y los llantos se han ido.
Y la muñeca despierta.
Se encuentra de pie, en cualquier sitio. Sus articulaciones rechinan como si fueran de madera, madera podrida. Sus huecos ojos estaban escupiendo pus púrpura y zumo de naranja. Queman. Escuecen. 
Mira sus manos, mira a su alrededor.
Otro día más en la no-vida.

Ábrete a una persona y te hará daño.


Virginia pasó los edificios altos, iba parque abajo, sin mirar atrás.
 Lloraba con hipo, casi corriendo como para dejar atrás las lágrimas. Pero la seguían, le arrasaban los ojos y caían como goterones por las mejillas. Los tacones se clavaban en la nieve, sonaban contra el pavimento de asfalto del camino del parque. Llevaba los brazos cruzados, abrazándose. 
No se veía a nadie, así que dio rienda suelta al llanto mientras avanzaba hacia casa, apretándose el estómago con las manos; le dolía allí dentro como si tuviera un feto maligno. 
 Ábrete a una persona y te hará daño. 
 No le faltaban motivos para que sus relaciones fueran cortas. No se abría. De hacerlo, había muchas más posibilidades de que la dañaran. Debía consolarse. Se puede vivir con angustia mientras ésta tenga sólo que ver con una misma, mientras no haya esperanza. Sin embargo había confiado en Lacke. En que algo podría crecer poco a poco. 
Y al final, un día... ¿Qué? Se aprovechaba de su comida y de su calor, pero en realidad no significaba nada para él. Caminó encogida a lo largo del camino del parque, cobijando su pena. Iba con la espalda encorvada y era como si tuviera allí un demonio que le fuera susurrando cosas terribles al oído. 
 Nunca más. Nada. 
 ~John Ajvide Lindqvist, Déjame Entrar 
3ª parte, Jueves 5 de Noviembre. Pág. 210.