sábado, 15 de diciembre de 2012

: El final de este capítulo :


El tren vomita a sus víctimas al frío y destrozado aire de la estación, huérfano de la lluvia y las sucias nubes que nunca dejan ver las estrellas. Salir por la invisible puerta hacia el tan conocido mundo tan olvidadizo siempre.
La oscuridad de la noche abraza con su gélidos cariño. Vaho se escapa de la boca, dibujando un reno en el aire que al poco muere. Encogerse de hombros, cubriéndolos con aquel pañuelo manchado de sangre que permanentemente rodea el cuello. Las heridas son imposibles de limpiar.
Caminar por las rotas, desgarradas aceras, manchadas de agua y petróleo. Mirar al suelo, viendo la hierba morir y convertirse en mugre. Caminar en dirección contraria.
Hombres de traje avanzan en grupo con caras vacías, riendo, abriendo sus bocas bajo la piel, mirando al cielo. Las estrellas se esconden tras la suciedad del aire, y nunca devuelven la mirada. Pasar entre ellos, sin recibir una sola mirada. Ser pequeño.
Mujeres medio desnudas entre los huecos de las aceras. Miran al horizonte, sin una sola expresión. No hay sonrisas, no hay lágrimas. No hay nada para ofrecer más que un trozo de carne que en antaño fue una niña, ahora muerta. Miran sus relojes sin dejar salir un ápice de vaho. Mirarlas, y que te devuelvan la mirada con ojos huecos. Sin ira. Sin dolor. Resignación, aceptación. Mirar a otro lado.
Acabar la acera y poder ver la nada en un todo expandirse a dos centímetros. Luces. Ruidos. Humo. Árboles pidiéndole clemencia a una contaminación amoral. Hierba estática, desobedeciendo al viento. Ni una sola alma pisando las mugrosas piedras.
Una canción reproduciéndose en el cerebro.
Andar, escuchando. Romper a llorar en medio en la carretera, sin motivo aparente. Llevarse las manos a los ojos y mancharlos de sangre y horchata, deslizándose por las muñecas abriendo más heridas. Quemando la ropa. Quemándose los oídos al rememorar lo ya enterrado.

Dime que los tiempos pasados no morirán.
Dime que las viejas mentiras están vivas.

Mirar la mano que hasta hace unos momentos había recuperado color. Calor. Ahora fría. Blanca. Temblando, cubierta de horchata.

Te digo que los viejos tiempos no morirán.
Te digo que las viejas mentiras viven.
El amor debió caducar hace demasiado tiempo.
Me mata, y te matará a ti también.

Quemarse las mejillas con recuerdos olvidados. Llegar, sin saber cómo, a la acera. Las luces atacan. El viento sopla. Los edificios acechan, aterradores. Seguir andando por calles cada vez más amplias y más vacías.

Los tiempos pasados no morirán.
Te digo que las viejas mentiras viven.
El odio debió caducar hace demasiado tiempo.
Mátame, por favor, matáme antes de que...

La noche muere por la luz de las farolas, y las calles se llenan de voces. Limpiarse las lágrimas quemando la manga de la chaqueta. Mirar al frente. A colores muertos, a rostros sin vida que sonríen bajo la pesada máscara de la apariencia. A edificios altos por mera inseguridad. A velocidades inhumanas que creen ser sinónimo de mejora.

Sacar la máscara de la mochila y ponérsela antes de llegar al portal. Sonreír por fuera.

Te digo que los tiempos pasados no morirán...
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