Virginia pasó los edificios altos, iba parque abajo, sin mirar atrás.
Lloraba con hipo, casi corriendo como para dejar atrás las lágrimas. Pero la seguían, le arrasaban los ojos y caían como goterones por las mejillas. Los tacones se clavaban en la nieve, sonaban contra el pavimento de asfalto del camino del parque. Llevaba los brazos cruzados, abrazándose.
No se veía a nadie, así que dio rienda suelta al llanto mientras avanzaba hacia casa, apretándose el estómago con las manos; le dolía allí dentro como si tuviera un feto maligno.
Ábrete a una persona y te hará daño.
No le faltaban motivos para que sus relaciones fueran cortas. No se abría. De hacerlo, había muchas más posibilidades de que la dañaran. Debía consolarse. Se puede vivir con angustia mientras ésta tenga sólo que ver con una misma, mientras no haya esperanza.
Sin embargo había confiado en Lacke. En que algo podría crecer poco a poco.
Y al final, un día... ¿Qué? Se aprovechaba de su comida y de su calor, pero en realidad no significaba nada para él.
Caminó encogida a lo largo del camino del parque, cobijando su pena. Iba con la espalda encorvada y era como si tuviera allí un demonio que le fuera susurrando cosas terribles al oído.
Nunca más. Nada.
~John Ajvide Lindqvist, Déjame Entrar
3ª parte, Jueves 5 de Noviembre. Pág. 210.

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