Hay días en los que el mero hecho de vivir es un dolor constante. Un asesinato leve, lento, nauseabundo.
Los segundos pasan lentos, pegajosos, arrastrándose por el aire y tirándose por el balcón, llevándose consigo respiraciones, restos de miradas muertas. Un todo y un nada.
El aire repta por las paredes manchándolas de púrpura y pus.
De pie yace un cuerpo, inerte en vida, con la mirada perdida y pesada, las pupilas llenas de horchata. El humo de un cigarrillo lo mantiene de pie. Una botella de vodka, o quizá ginebra, ya rota contra sus piernas, ilumina su cuerpo en forma de gotas transparentes. Brillantes. El alcohol quema al igual que las cenizas del tabaco.
El agua escapa del grifo de la cocina, chillando. El calor aplaca el fregadero y libera humo blanco, o rojo. Depende. ¿De qué? De la sangre que lleve. O de la horchata que arrastre. Horchata llorada. Podrida. Sabe a moho y huele a matarratas. Tiene complejo de batido de fresa.
El mármol blanco de la pared se siente atacado por una mirada vacía, hueca en su totalidad, que ni siquiera se fija en él. No tiene vida. Nunca la ha tenido. Podría sentir igual que el propio mármol blanco de la pared de la cocina. Nada. O demasiado. Depende, otra vez.
El cuerpo inerte no se mueve. Gotas de alcohol bajan por sus piernas, enfriándolo con su calor, su cercanía. El humo del cigarrillo lo envuelve junto a su enfermo pensar. Contaminado. De pus y colonia.
¿Qué es lo que ocupa la mente de ese maniquí?
Cuchillos.
Balas.
Alcohol.
Sangre.
Llantos.
Luz de sol y de luna.
La muñeca piensa, y piensa, y no debería pensar. Se siente encarcelada. Tiene los pies soldados al suelo de la cocina con grandes clavos de madera. Mira a la pared con pena y Adiós, sin derramar una sola lágrima.
Su mente está perdida, pensando.
Se pregunta si los otros trozos de carne conseguirían echarla en falta.
Los ve, los mira, los escucha e intenta comprender. Son como esa muñeca, al menos por fuera. Sin embargo, ellos no tienen los bracitos cosidos con hilos de cobre y purpurina, o no están rellenos de lágrimas y algodón. La sonrisa que poseen pueden ponerla y quitarla a voluntad; no está grabada en ellos con rotulador y quemaduras. Su piel es suave y cura las heridas, no una simple tela que al mínimo roce echa pus.
Esos trozos de carne tienen bastante miedo a la Muerte, se hable de quien se hable.
Y el maniquí, muchas veces se pregunta... ¿cómo reaccionarían si yo me fuera?
No es un pensamiento novedoso, pero tampoco antiguo. En más de una ocasión, perdido en la gran ciudad, o en un pequeño trozo de cielo, la mirada hueca del peluche se ha centrado en esa única pregunta, mientras sus ojos vomitaban arañas y alquitrán con sabor a fresa.
Se imagina cómo alguien descubre su despeluchado cuerpo en medio del pasillo, o quizá del baño, o quizá de su cuarto, o del cuarto de otro, escupiendo algodón y lágrimas, manchados con sangre, pus y vodka. Cómo alguien se acerca al cuchillo, la bala, la cuerda, la afilada pluma de apuntes en sucio o la botella tan rota y manchada que nadie sepa de qué era. Y cómo esa persona llora, grita, o se queda calmada y mira con asco al juguete fracasado, para luego, luego, ir a avisar a otros animales, otros pedazos de carne con alma que funciona a pilas. Y cómo, dependiendo de quién sea, llora, grita, se retuerce sobre sí mismo, o sonríe, con una total tranquilidad, y una alegría de telaraña.
Dependiendo del día, cada cual reacciona distinto en esa fantasía.
Lo que siempre tienen en común es cómo, luego, después de un tiempo, todo el mundo se habría olvidado de ese trapo de alquitrán y horchata llorada. Los pájaros cantan, el sol brilla, la sangre sigue fluyendo y los llantos se han ido.
Y la muñeca despierta.
Se encuentra de pie, en cualquier sitio. Sus articulaciones rechinan como si fueran de madera, madera podrida. Sus huecos ojos estaban escupiendo pus púrpura y zumo de naranja. Queman. Escuecen.
Mira sus manos, mira a su alrededor.
Otro día más en la no-vida.
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