Volver a las rotas y mugrosas paredes
de hormigón
a esperar un maldito milagro.
Las cuencas de los ojos rebosan pus
púrpura
y horchata caducada mezclada con café.
Los labios se desgarran con el sucio y
oxidado cobre
al intentar abrirse de nuevo para
protestar.
Tumbarse en la cama y llorar.
Arrancarse los ojos para apostar.
Apostar cuánto vale un alma en pena.
Mirar sin ver a un gato negro arañar
la pared.
Sentir Septiembre escapando por la
ventana
con sus acres colores y su estúpido
olor a té.
Dar vueltas en la calma por la
inquietud de la Muerte.
Por los sueños rotos a corto plazo
y el oscuro futuro que acaba de pasar.
El gato hurga en las gritas con sus
zarpas
y abre un boquete en el muro.
Septiembre intenta cerrar la ventana
con la llegada de la cafeína.
El regazo de la ciega es un gran
escondite
para el pequeño animal.
Y la ciega, sin querer, sonríe.
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