jueves, 30 de agosto de 2012

Retazos de visiones perdidas


Pasa templada la noche escupiendo anís por la ventana.
Las miradas se pegan a las paredes de la celda,
pudriendo sus ladrillos, llenando sus grietas de pus.
La apuñalada puerta blindada sólo sangra miedos.
La pequeña ciega no puede escapar de su prisión.
Sentada en la cama, abrazando sus quejumbrosas rodillas,
miraba sin ojos a ninguna parte, balanceándose.
Las sábanas rehuían a la muchacha, temerosas de
su presencia, rompiéndose en un chasquido.
Los muros se agitaban violentamente de cuando en cuando.
La pequeña ciega mete los dedos en sus ojos, para
acariciar el interior de su cabeza. E intentar pensar.
Pero ¿de qué le servía exactamente?
Todo es pensar. Todo es reflexionar. La fría, despiadada razón.
El calor que inundaba su pecho se estaba volviendo insoportable.
La pequeña ciega toca sus labios, cosidos con espinoso hierro,
sangrantes de un vodka que en antaño fue horchata.
Agarra y tira de los hilos, pequeña. Llévate tu boca a ninguna parte.
La pequeña ciega toca sus brazos, desgarrando su carne con la suave piel.
La luz de la farola se filtra por la borracha ventana, y ella lo nota.
Sus brazos se queman. Se secan. Toca su piel y empiezan a doler.
Las magulladas y frágiles rodillas no responden, suplicando.
Las sábanas se rompen en derredor, sintiéndose derrotadas.
La pequeña ciega, sin querer incorporarse, mete sus manos por sus ojos una vez más.
Y palpa lo que la razón no es capaz de comprender.
Sus endebles garras rotas se arrastran fuera con sus pequeñas presas.
En sus manos, la pequeña ciega puede sentir dos cúmulos negros sangrantes de vodka.
Ambos se derriten ante sus inexistentes ojos, chillando.
Abrumada por sus pegajosos gritos, la pequeña ciega los tira al suelo e intenta tumbarse.
Reptando, alcanzan las rotas sábanas, quemándolas, reduciéndose a colores.
Uno, el color negro con música y cafeína. Muy vivo, más que la propia ciega.
Otro, el color sepia que Septiembre roba del té. Cruel, y lloroso. Medio muerto.
Voces. Sólo puede oír sus voces, coloreadas. Llora la ciega cristales pintados.
Uno, la voz dulce del café, mezclada con los desequilibrados tonos de la música.
Otro, la cargada y grave voz de las hojas secas de finales de verano.
La primera sobreponía a la lenta voz secundaria. O eso le parecía la ciega.
Las notas musicales intentaban abrazarla mientras que el noveno mes insultaba.
Pero la pequeña ciega quería correr. Apretó su espalda contra la esquina de su celda.
Desgarrando su piel, liberando arañas de entre sus huesos huecos.
Septiembre cada vez estaba más cerca, intentando matarla.
Intentando arrancar los hierros de sus labios para coserlos con poliespán.
Intentando rellenar sus ojos con gelatina de té verde.
Intentando alisar su piel, absorbiendo las quemaduras para dejar huecos.
Los años no perdonan, y menos los jóvenes y escasos.
Un final de Agosto más joven intentaba enmendar Septiembre.
Intentando descoser aquellos hierros para poder oír risas libres.
Intentando rellenar sus ojos con cristales azules o rosas.
Intentando acariciar su piel para dejarla en su sitio.
Pero la pequeña ciega no confía.
Ni en el andrajoso y viejo Septiembre, ni en el más joven que está por nacer.
Mira a su escritorio. Mira su pistola, sus pastillas y su mejor amigo en el fondo de una botella.
Sus labios sangran mientras el tiempo le impide moverse.

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