Pasa templada la noche escupiendo anís
por la ventana.
Las miradas se pegan a las paredes de
la celda,
pudriendo sus ladrillos, llenando sus
grietas de pus.
La apuñalada puerta blindada sólo
sangra miedos.
La pequeña ciega no puede escapar de
su prisión.
Sentada en la cama, abrazando sus
quejumbrosas rodillas,
miraba sin ojos a ninguna parte,
balanceándose.
Las sábanas rehuían a la muchacha,
temerosas de
su presencia, rompiéndose en un
chasquido.
Los muros se agitaban violentamente de
cuando en cuando.
La pequeña ciega mete los dedos en sus
ojos, para
acariciar el interior de su cabeza. E
intentar pensar.
Pero ¿de qué le servía exactamente?
Todo es pensar. Todo es reflexionar. La
fría, despiadada razón.
El calor que inundaba su pecho se
estaba volviendo insoportable.
La pequeña ciega toca sus labios,
cosidos con espinoso hierro,
sangrantes de un vodka que en antaño
fue horchata.
Agarra y tira de los hilos, pequeña.
Llévate tu boca a ninguna parte.
La pequeña ciega toca sus brazos,
desgarrando su carne con la suave piel.
La luz de la farola se filtra por la
borracha ventana, y ella lo nota.
Sus brazos se queman. Se secan. Toca su
piel y empiezan a doler.
Las magulladas y frágiles rodillas no
responden, suplicando.
Las sábanas se rompen en derredor,
sintiéndose derrotadas.
La pequeña ciega, sin querer
incorporarse, mete sus manos por sus ojos una vez más.
Y palpa lo que la razón no es capaz de
comprender.
Sus endebles garras rotas se arrastran
fuera con sus pequeñas presas.
En sus manos, la pequeña ciega puede
sentir dos cúmulos negros sangrantes de vodka.
Ambos se derriten ante sus inexistentes
ojos, chillando.
Abrumada por sus pegajosos gritos, la
pequeña ciega los tira al suelo e intenta tumbarse.
Reptando, alcanzan las rotas sábanas,
quemándolas, reduciéndose a colores.
Uno, el color negro con música y
cafeína. Muy vivo, más que la propia ciega.
Otro, el color sepia que Septiembre
roba del té. Cruel, y lloroso. Medio muerto.
Voces. Sólo puede oír sus voces,
coloreadas. Llora la ciega cristales pintados.
Uno, la voz dulce del café, mezclada
con los desequilibrados tonos de la música.
Otro, la cargada y grave voz de las
hojas secas de finales de verano.
La primera sobreponía a la lenta voz
secundaria. O eso le parecía la ciega.
Las notas musicales intentaban
abrazarla mientras que el noveno mes insultaba.
Pero la pequeña ciega quería correr.
Apretó su espalda contra la esquina de su celda.
Desgarrando su piel, liberando arañas
de entre sus huesos huecos.
Septiembre cada vez estaba más cerca,
intentando matarla.
Intentando arrancar los hierros de sus
labios para coserlos con poliespán.
Intentando rellenar sus ojos con
gelatina de té verde.
Intentando alisar su piel, absorbiendo
las quemaduras para dejar huecos.
Los años no perdonan, y menos los
jóvenes y escasos.
Un final de Agosto más joven intentaba
enmendar Septiembre.
Intentando descoser aquellos hierros
para poder oír risas libres.
Intentando rellenar sus ojos con
cristales azules o rosas.
Intentando acariciar su piel para
dejarla en su sitio.
Pero la pequeña ciega no confía.
Ni en el andrajoso y viejo Septiembre,
ni en el más joven que está por nacer.
Mira a su escritorio. Mira su pistola,
sus pastillas y su mejor amigo en el fondo de una botella.
Sus labios sangran mientras el tiempo
le impide moverse.
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