El último aliento de Septiembre se pierde en la niebla malva del mañana. Y no volverá.
Un gato sonríe mientras pasan los años.
La ciudad gris se derrumba ante el frío del otoño mientras las hojas se niegan a caer todavía. Los vientos desentierran el olor del café en la brisa de la noche. El gato maúlla, esperando a los lentos días que se fueron.
La marioneta cae de los cielos, rompiendo sus costuras al tajo de la rota madera astillada. El negro hilo de su boca, moribundo, huye hacia el azul pantano, aún sin pudrirse. Sus blancas lágrimas de horchata ruedan por sus mejillas, pudriendo la madera.
El gato levanta las orejas, alerta, olisqueando el olor a leche y trufa, pero vuelve a tumbarse en las nubes. Septiembre grita desvalido y confuso, preguntando por su pasado nunca vivido y su futuro moribundo.
Rogando por una sola mirada, una vuelta de tuerca, un viaje en el tiempo.
Pero el Presente niega, y ese es su regalo.
Niega con palabras cortantes y alientos vacíos.
Niega con ojos oscuros perdidos en el horizonte.
Niega mientras su boca sangra, arrancando sus palabras los hilos uno a uno, desgarrando sus labios para poder salir.
Septiembre, dubitativo, se pierde en el mar de vientos.
Polvos de Septiembre colorean la niebla malva del mañana, haciéndola brillar. Para no volver.
El gato mueve las orejas y la cosa al olor de los llantos, sonriendo.
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