Y
no sé cómo demonios quieres que reaccione, o piensas que voy a
reaccionar, si no tengo alcohol para las heridas y mi sangre se
vuelve hielo poco a poco, atascando mis venas, rotas por la infame
mugre que las devora desde dentro, nacida en mi corazón, impregnada
por ese rencor sin objetivo que nunca podrá escapar del cuerpo en el
que se cría. Si las sombras crecen en mis entrañas intentando
hacerlas explotar. Si mordisquean mis órganos, intentando sorber su
sangre. Sin dejar gota. Llenándolo de horchata púrpura y retazos de
un suicidio sentimental.
En
el centro de un arco capaz, la cúpula de la razón me impide la
salida. No puedo acercarme a la mediatriz, no quiero morir.
Me
dedicas a mí las mismas palabras que en su día fueron de otra.
Sientes por mí lo mismo que un día dibujó una sonrisa en tu cara
por otra. Harías lo que fuera, y lo sé. La cúpula sigue
encerrándome, insensible, ignorando mis gritos.
Pero
la preferiste a ella.
No
te culpo. No soy la mejor muñeca de la tienda. Mi porcelana se rompe
impregnando las paredes de agua escarchada, y la silicona de mis ojos
se derrite manchando el parqué. Mis vestidos son de restos de tela
vaquera, ennegrecida por el humo. Y mis zapatitos se rompen,
soltándome las piernas.
Pero
yo era una muñeca a la que podías ver y tocar; abrazar por las
noches de luna nueva mientras los niños sedientos gritan por las
calles de Madrid, buscando amigos a los que llevarse a la tumba. Un
amuleto de protección. De amor, quizá, si el algodón dejaba el
frío el lado y quemaba los hilos.
¿Por
qué dedicaste tu tiempo a mirar un escaparate vacío con el anuncio
de una muñeca vieja?
Y
me lo recordabas. Ibas a verme al gris edificio que me guardaba junto
a mis compañeros de peluche, me sonreías y acariciabas mi plástico
pelo rizado, me mostrabas amor como un niño se lo muestra a su
primer juguete... y luego me hablabas de esa muñeca “perfecta”.
¿Y
ahora? Te contentas conmigo.
Y
no puedo evitar pensar que es porque no te queda otro remedio.
Me
mostraste amor, y te culpaste por ello. Rompiste la porcelana de mi
piel, arrancando el algodón de mis entrañas, y te culpaste por
ello. Sin embargo, las palabras cesaron, y ella vino.
Y
cuando fue ella la que te convirtió en muñeco, te tiró a la basura
junto a las ratas.
Viniste
a mí, al almacén ocupado por ratas y cucarachas, gateando y entre
lloros escondidos por una seguridad antinatural.
¿Qué
demonios te pensabas?
¿Creías
que no era más que un objeto de segunda? ¿Que iba a tragarme toda
tu poesía a la primera?
¿Creías
que no estaba tan rota a fin de cuentas?
Cualquier
otra muñeca habría tirado por tierra a un soldadito de plomo con la
lanza ensangrentada.
Y
a veces, me pregunto por qué yo no lo hice. Mereció la pena, pero
¿a qué precio?
Me
siento una segunda opción. Me siento la B.
Siento
que si ella no te hubiera tirado al vacío, no sería nada para ti.
Y
seguramente así fuera, porque eres incapaz de abandonar un juguete,
aunque ya no te divierta. Aunque ese juguete quisiera cambiar de
dueño y no pudiera decirlo. Aunque ni siquiera fuera un juguete,
sino una piedra del suelo que tratas como a una pelota.
Sentimentalmente
culpable, miedica e incapaz de actuar, un pésimo coleccionista de
ilusiones incapaz de distinguirlas de sueños.
Otro
temor más a la lista, y otro resentimiento.
Por
ti una muñeca dejó de lado su fábrica, y su primera niña. Dejó
de lado sus obsesiones y algunos temores. Se despidió de Septiembre
y lo echó del portal siempre que intentó volver. Se despidió de
las cosas más bellas que Dios mismo creó en su momento, aquellas
angelicales figuras, por ir con algo distinto.
Y
tú, tú preferiste la distancia a casa. Preferiste amar sin sentir.
Un juguete de maquillaje corrido y sonrisa falsa a una inocencia de
rota porcelana.
Preferiste
un mundo lejos de mí.
Y
el pasado vuelve, y volverá siempre. Hoy soy yo, mañana ¿quién?
¿Con qué romperás mi porcelana de nuevo? ¿Qué hilos tendré que
usar para volver a coserme mis tripas?
¿Hasta
qué punto puedo confiar en tu corazón?
Dejó la pluma en el escritorio, pensando. Limpiándose las lágrimas con la manga de la chaqueta, la muñeca siguió escribiendo.
Pero te quiero, mal me pese. Y no te cambiaría por nada.
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