sábado, 6 de octubre de 2012

Diario de una opción B (I)


Y no sé cómo demonios quieres que reaccione, o piensas que voy a reaccionar, si no tengo alcohol para las heridas y mi sangre se vuelve hielo poco a poco, atascando mis venas, rotas por la infame mugre que las devora desde dentro, nacida en mi corazón, impregnada por ese rencor sin objetivo que nunca podrá escapar del cuerpo en el que se cría. Si las sombras crecen en mis entrañas intentando hacerlas explotar. Si mordisquean mis órganos, intentando sorber su sangre. Sin dejar gota. Llenándolo de horchata púrpura y retazos de un suicidio sentimental.

En el centro de un arco capaz, la cúpula de la razón me impide la salida. No puedo acercarme a la mediatriz, no quiero morir.
Me dedicas a mí las mismas palabras que en su día fueron de otra. Sientes por mí lo mismo que un día dibujó una sonrisa en tu cara por otra. Harías lo que fuera, y lo sé. La cúpula sigue encerrándome, insensible, ignorando mis gritos.
Pero la preferiste a ella.
No te culpo. No soy la mejor muñeca de la tienda. Mi porcelana se rompe impregnando las paredes de agua escarchada, y la silicona de mis ojos se derrite manchando el parqué. Mis vestidos son de restos de tela vaquera, ennegrecida por el humo. Y mis zapatitos se rompen, soltándome las piernas.
Pero yo era una muñeca a la que podías ver y tocar; abrazar por las noches de luna nueva mientras los niños sedientos gritan por las calles de Madrid, buscando amigos a los que llevarse a la tumba. Un amuleto de protección. De amor, quizá, si el algodón dejaba el frío el lado y quemaba los hilos.
¿Por qué dedicaste tu tiempo a mirar un escaparate vacío con el anuncio de una muñeca vieja?
Y me lo recordabas. Ibas a verme al gris edificio que me guardaba junto a mis compañeros de peluche, me sonreías y acariciabas mi plástico pelo rizado, me mostrabas amor como un niño se lo muestra a su primer juguete... y luego me hablabas de esa muñeca “perfecta”.
¿Y ahora? Te contentas conmigo.
Y no puedo evitar pensar que es porque no te queda otro remedio.
Me mostraste amor, y te culpaste por ello. Rompiste la porcelana de mi piel, arrancando el algodón de mis entrañas, y te culpaste por ello. Sin embargo, las palabras cesaron, y ella vino.
Y cuando fue ella la que te convirtió en muñeco, te tiró a la basura junto a las ratas.
Viniste a mí, al almacén ocupado por ratas y cucarachas, gateando y entre lloros escondidos por una seguridad antinatural.
¿Qué demonios te pensabas?
¿Creías que no era más que un objeto de segunda? ¿Que iba a tragarme toda tu poesía a la primera?
¿Creías que no estaba tan rota a fin de cuentas?
Cualquier otra muñeca habría tirado por tierra a un soldadito de plomo con la lanza ensangrentada.
Y a veces, me pregunto por qué yo no lo hice. Mereció la pena, pero ¿a qué precio?
Me siento una segunda opción. Me siento la B.
Siento que si ella no te hubiera tirado al vacío, no sería nada para ti.
Y seguramente así fuera, porque eres incapaz de abandonar un juguete, aunque ya no te divierta. Aunque ese juguete quisiera cambiar de dueño y no pudiera decirlo. Aunque ni siquiera fuera un juguete, sino una piedra del suelo que tratas como a una pelota.
Sentimentalmente culpable, miedica e incapaz de actuar, un pésimo coleccionista de ilusiones incapaz de distinguirlas de sueños.
Otro temor más a la lista, y otro resentimiento.
Por ti una muñeca dejó de lado su fábrica, y su primera niña. Dejó de lado sus obsesiones y algunos temores. Se despidió de Septiembre y lo echó del portal siempre que intentó volver. Se despidió de las cosas más bellas que Dios mismo creó en su momento, aquellas angelicales figuras, por ir con algo distinto.
Y tú, tú preferiste la distancia a casa. Preferiste amar sin sentir. Un juguete de maquillaje corrido y sonrisa falsa a una inocencia de rota porcelana.
Preferiste un mundo lejos de mí.
Y el pasado vuelve, y volverá siempre. Hoy soy yo, mañana ¿quién? ¿Con qué romperás mi porcelana de nuevo? ¿Qué hilos tendré que usar para volver a coserme mis tripas?
¿Hasta qué punto puedo confiar en tu corazón?



Dejó la pluma en el escritorio, pensando. Limpiándose las lágrimas con la manga de la chaqueta, la muñeca siguió escribiendo.

Pero te quiero, mal me pese. Y no te cambiaría por nada.

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