El tren vomita a sus víctimas al frío
y destrozado aire de la estación, huérfano de la lluvia y las
sucias nubes que nunca dejan ver las estrellas. Salir por la
invisible puerta hacia el tan conocido mundo tan olvidadizo siempre.
La oscuridad de la noche abraza con su
gélidos cariño. Vaho se escapa de la boca, dibujando un reno en el
aire que al poco muere. Encogerse de hombros, cubriéndolos con aquel
pañuelo manchado de sangre que permanentemente rodea el cuello. Las
heridas son imposibles de limpiar.
Caminar por las rotas, desgarradas
aceras, manchadas de agua y petróleo. Mirar al suelo, viendo la
hierba morir y convertirse en mugre. Caminar en dirección contraria.
Hombres de traje avanzan en grupo con
caras vacías, riendo, abriendo sus bocas bajo la piel, mirando al
cielo. Las estrellas se esconden tras la suciedad del aire, y nunca
devuelven la mirada. Pasar entre ellos, sin recibir una sola mirada.
Ser pequeño.
Mujeres medio desnudas entre los huecos
de las aceras. Miran al horizonte, sin una sola expresión. No hay
sonrisas, no hay lágrimas. No hay nada para ofrecer más que un
trozo de carne que en antaño fue una niña, ahora muerta. Miran sus
relojes sin dejar salir un ápice de vaho. Mirarlas, y que te
devuelvan la mirada con ojos huecos. Sin ira. Sin dolor. Resignación,
aceptación. Mirar a otro lado.
Acabar la acera y poder ver la nada en
un todo expandirse a dos centímetros. Luces. Ruidos. Humo. Árboles
pidiéndole clemencia a una contaminación amoral. Hierba estática,
desobedeciendo al viento. Ni una sola alma pisando las mugrosas
piedras.
Una canción reproduciéndose en el
cerebro.
Andar, escuchando. Romper a llorar en
medio en la carretera, sin motivo aparente. Llevarse las manos a los
ojos y mancharlos de sangre y horchata, deslizándose por las muñecas
abriendo más heridas. Quemando la ropa. Quemándose los oídos al
rememorar lo ya enterrado.
Dime que los tiempos pasados no
morirán.
Dime que las viejas mentiras están
vivas.
Mirar la mano que
hasta hace unos momentos había recuperado color. Calor. Ahora fría.
Blanca. Temblando, cubierta de horchata.
Te digo que los viejos tiempos no
morirán.
Te digo que las viejas mentiras
viven.
El amor debió caducar hace
demasiado tiempo.
Me mata, y te matará a ti también.
Quemarse las
mejillas con recuerdos olvidados. Llegar, sin saber cómo, a la
acera. Las luces atacan. El viento sopla. Los edificios acechan,
aterradores. Seguir andando por calles cada vez más amplias y más
vacías.
Los tiempos pasados no morirán.
Te digo que las viejas mentiras
viven.
El odio debió caducar hace
demasiado tiempo.
Mátame, por favor, matáme antes de
que...
La noche muere por
la luz de las farolas, y las calles se llenan de voces. Limpiarse las
lágrimas quemando la manga de la chaqueta. Mirar al frente. A
colores muertos, a rostros sin vida que sonríen bajo la pesada
máscara de la apariencia. A edificios altos por mera inseguridad. A
velocidades inhumanas que creen ser sinónimo de mejora.
Sacar la máscara
de la mochila y ponérsela antes de llegar al portal. Sonreír por
fuera.
Te digo que los tiempos pasados no
morirán...
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